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Casos reales

Storj, primera parte: cuando 6 TB parecían una pequeña revolución

Publicado el 15 de agosto de 2026

Una nube hecha con los discos de otros

En septiembre de 2020 empecé a mirar Storj con bastante curiosidad. Lo que me llamó la atención fue una idea sencilla y, al mismo tiempo, bastante ambiciosa: repartir el almacenamiento entre miles de equipos independientes en lugar de concentrarlo todo dentro de las infraestructuras de unas pocas grandes compañías. Ya años antes me interesaba cada vez más por los sistemas distribuidos, por la posibilidad de construir servicios sin depender necesariamente de un único proveedor y, en general, por cualquier arquitectura que intentara repartir un poco mejor el control de Internet; en los 2000 era el SETI, en 2020 vino Storj, que encajaba perfectamente en esa forma de ver las cosas.

Había también, naturalmente, un componente económico. El mercado de las criptomonedas de 2020 era bastante más animado que el actual, y recibir un puñado de tokens no significaba necesariamente quedarse con el valor que tenían el día del pago. Las fluctuaciones podían convertir una cantidad modesta en algo bastante más interesante unas semanas o unos meses después. No entré en Storj pensando que seis terabytes fueran a financiar mi jubilación, pero tampoco voy a reconstruir ahora la historia fingiendo que los tokens me resultaban indiferentes. La posibilidad de participar en un proyecto que me interesaba tecnológicamente y recibir a cambio un activo cuyo valor podía variar considerablemente era, evidentemente, parte del atractivo.

La propuesta, vista desde los ojos de alguien que quería convertirse en Storage Node Operator, o SNO, era relativamente fácil de entender: yo aportaba almacenamiento, conexión a Internet, electricidad y una máquina que pudiera permanecer encendida; la red utilizaba ese espacio para guardar fragmentos cifrados de los datos de sus clientes y, a cambio, me remuneraba por el espacio ocupado y por el tráfico servido. Los archivos no se almacenaban completos dentro de mi servidor. Se dividían, se cifraban y se distribuían entre diferentes nodos, de modo que yo no sabía qué estaba almacenando ni podía reconstruir por mi cuenta los datos de un usuario. Mi disco era simplemente una pequeña pieza dentro de una infraestructura mucho mayor.

Aquello me parecía especialmente atractivo porque invertía, al menos parcialmente, la lógica habitual del almacenamiento en la nube. Normalmente el usuario entrega sus datos a una empresa que posee los centros de datos, los servidores, la red y prácticamente toda la infraestructura que hace posible el servicio. En Storj, una parte fundamental de esa infraestructura física pertenecía a personas distribuidas por todo el mundo. Cada operador ponía sus propios discos y su propia conexión, y la red convertía miles de recursos independientes en un sistema de almacenamiento coherente. No hacía falta tener un rack en un centro de datos ni montar una empresa de hosting. Podía participar desde casa.

Y precisamente eso era lo que más me interesaba. En diciembre de 2022, cuando ya llevaba más de dos años dentro del proyecto, terminé explicándolo en el propio foro de Storj de una forma bastante directa:

“I entered this project just for the sake of decentralization and all the nice thing about keeping off the power to corporations.”

Esa frase tiene ahora cierto valor documental porque no es una explicación reconstruida seis años después para que la historia quede bonita. Era lo que pensaba mientras todavía estaba participando en la red. El incentivo económico existía, pero detrás había una idea que me resultaba bastante más interesante: usar infraestructura distribuida para reducir la dependencia de los grandes proveedores centralizados de almacenamiento.

Desde aquella perspectiva de 2020, ser un SNO no consistía simplemente en alquilar unos gigabytes sobrantes. Al menos yo no lo veía así, sentía que estaba incorporando una pequeña infraestructura propia a una red distribuida. Mi aportación individual era irrelevante en términos globales, evidentemente, pero precisamente esa era la gracia: ninguna máquina tenía que ser especialmente importante: el sistema adquiría sentido porque había muchas; un nodo podía desaparecer y los datos seguían disponibles gracias a los demás. La robustez nacía de la distribución, no de construir una máquina gigantesca e intentar que jamás fallara.

Había además otra idea que me resultaba particularmente interesante. La arquitectura de Storj no parecía concebida simplemente como una plataforma cerrada en la que una empresa central poseía el servicio y los demás únicamente proporcionábamos discos. En aquella época se hablaba de Satellites, de operadores independientes y de una infraestructura que podía ir distribuyéndose también por encima de los propios nodos de almacenamiento. Yo llegué incluso a plantearme, más adelante, montar algún día mi propio Satellite. Nunca lo hice porque entonces no tenía ni la infraestructura ni la disponibilidad necesarias para semejante entretenimiento, pero que llegara a considerarlo dice bastante de cómo percibía el proyecto. Storj me parecía algo en lo que se podía participar, no simplemente un servicio al que conectarse.

Un Mac mini de 2011 y mi primera pelea con Docker

Así que decidí montar un nodo.

La máquina elegida fue un Mac mini de 2011. No era precisamente la última palabra en infraestructura de centros de datos, pero tampoco tenía por qué serlo. Era un equipo pequeño, consumía relativamente poco, podía permanecer encendido durante largos periodos y tenía potencia más que suficiente para el trabajo que tenía que hacer. Con el tiempo llegaría a dedicar aproximadamente 6 TB de almacenamiento a Storj, montados sobre un RAID cuya configuración exacta ya no recuerdo con suficiente seguridad como para inventármela ahora. Sé que había redundancia y que el almacenamiento útil rondaba esos 6 TB. Si eran dos discos de 6 TB en RAID1 o cuatro discos formando un RAID10 tendrá que decidirlo algún fósil digital de aquella época si algún día encuentro la configuración original.

La parte verdaderamente divertida era que decidí ejecutar el nodo mediante Docker Desktop. En 2020 yo era completamente verde con Docker. Sabía administrar sistemas, redes y servidores, pero los contenedores todavía eran para mí una de esas tecnologías que uno comprende perfectamente en abstracto hasta que aparece delante el primer docker run con quince parámetros y descubre que aparentemente alguien había decidido convertir la línea de comandos en un formulario administrativo.

Mi primer contacto serio con Docker llegó precisamente por Storj.

La instalación, sin embargo, tenía una ventaja enorme: me obligaba a aprender Docker haciendo algo que tenía una finalidad concreta. No estaba levantando un contenedor de ejemplo para comprobar que aparecía una página diciendo Hello World, esa tradición informática que ha conseguido sobrevivir varias generaciones sin que nadie se atreva a preguntarse por qué seguimos saludando al planeta cada vez que aprendemos una tecnología nueva. Estaba configurando un servicio que debía mantener una identidad, exponer puertos, acceder a almacenamiento persistente, reiniciarse correctamente y permanecer disponible de forma continua.

El nodo necesitaba una identidad criptográfica propia, una dirección pública accesible desde Internet y almacenamiento persistente. Había que preparar el volumen, configurar el puerto necesario en el router, asegurarse de que el servicio pudiera ser alcanzado desde fuera y después dejar que Storj empezara a evaluar aquel nuevo nodo. El proceso de incorporación no consistía en enchufar seis terabytes y recibir inmediatamente una avalancha de datos. La red tenía que empezar a confiar en la máquina, comprobar que permanecía online y enviar progresivamente trabajo. Era una relación que se construía con tiempo y disponibilidad.

El Mac mini comenzó a funcionar las veinticuatro horas, Docker Desktop mantenía el contenedor activo y los discos empezaron poco a poco a recibir datos. Yo miraba el dashboard, observaba cómo aumentaba el almacenamiento utilizado y aprendía simultáneamente dos cosas: cómo funcionaba Storj desde el punto de vista de un operador y cómo demonios se comportaban aquellos contenedores que unos meses antes apenas había tocado.

Y aquello funcionaba

El almacenamiento ocupado fue creciendo, el nodo permanecía disponible y mi pequeña pieza de infraestructura estaba participando realmente en una red distribuida que almacenaba datos de personas que yo no conocía. No era una simulación ni un experimento montado para aprender Docker: había datos entrando, tráfico saliendo y una infraestructura real utilizando mis discos.

Y empezaron a llegar tokens STORJ a mi wallet.

Las cantidades no eran espectaculares, pero tampoco eran irrelevantes en el contexto de aquel mercado. Los tokens llegaban periódicamente y su valor fluctuaba, a veces de manera considerable. Durante aquella primera etapa, entre 2020 y 2022, el resultado terminaría rondando una pequeña ganancia total de unos 300 euros, favorecida también por la evolución del mercado de las criptomonedas. No era dinero para abandonar el trabajo y mudarme a una isla tropical, detalle especialmente inútil viviendo ya en Canarias, pero reforzaba la sensación de que el experimento tenía sentido.

Tenía aproximadamente 6 TB dedicados a una red de almacenamiento distribuido, estaba aprendiendo una tecnología nueva, participaba en un proyecto cuya filosofía me atraía y, además, de vez en cuando aparecían tokens en la cartera.

Durante un tiempo, sencillamente, todo funcionó.